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La próxima Revolución Industrial ya ha comenzado. Y ocurre en las ciudades

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Este artículo publicado este mes de abril en la revista científica Applied Sciences por Esteve Almirall, del Centro de Innovación en Ciudades de ESADE, plantea una tesis que merece atención detenida por parte de quienes trabajamos en la transformación digital de ciudades y territorios: las ciudades que sepan combinar tres tecnologías al mismo tiempo están construyendo el equivalente a las ciudades industriales del siglo XIX. El resto corre el riesgo de quedar en la periferia de un nuevo orden urbano.

Las tres tecnologías son la inteligencia artificial agéntica aplicada a la gobernanza pública, la movilidad eléctrica autónoma y la robótica urbana. Ninguna de las tres es ya ciencia ficción. 

Waymo realiza hoy más de 500.000 viajes de robotaxi semanales en diez ciudades norteamericanas y tiene previsto operar en Londres este mismo año. En Shenzhen, 36 robots de limpieza autónomos patrullan una superficie de 2,7 millones de metros cuadrados, día y noche, sin descanso. En Estonia, la plataforma Bürokratt procesa servicios completos de múltiples agencias a través de un único asistente conversacional, sin que el ciudadano necesite saber qué ventanilla le corresponde, porque sencillamente ya no hay ventanillas. 

Pero el argumento central del artículo que hemos analizado no es que cada una de estas tecnologías sea disruptiva por sí sola. Es que cuando las tres coexisten en el mismo ecosistema urbano, generan algo cualitativamente distinto.

Hibridación Recursiva Acumulativa: el mecanismo que lo explica todo 

Almirall denomina a este fenómeno Hibridación Recursiva Acumulativa. Entre los tres vectores tecnológicos se activan cuatro bucles que se refuerzan mutuamente: los vehículos autónomos generan datos que mejoran las plataformas de inteligencia urbana; esas plataformas aceleran los permisos que la movilidad necesita para operar; los robots de mantenimiento mejoran la infraestructura de la que depende la conducción autónoma; y la coexistencia de proyectos activos en múltiples dominios atrae talento especializado que hace posibles proyectos más ambiciosos. Cada ciclo aumenta la capacidad del siguiente. Las ventajas se componen en el tiempo. 

El artículo dibuja la siguiente analogía histórica: Manchester, Birmingham y Glasgow no lideraron la Revolución Industrial porque adoptasen tecnologías más rápido que otras ciudades. Lo hicieron porque construyeron los ecosistemas en los que el vapor, el hierro, el carbón y el textil se recombinaron en proximidad con los ingenieros, los empresarios y las instituciones que los conectaban. Las ciudades que lideran hoy -Shenzhen, Hangzhou, San Francisco, Wuhan – están haciendo exactamente lo mismo con la IA, la movilidad y la robótica.

 

¿Qué distingue a las ciudades que avanzan de las que se estancan? 

El análisis comparativo del artículo identifica cuatro factores diferenciadores con claridad. Las ciudades que progresan despliegan los tres vectores de forma simultánea, no aislada. Están dispuestas a rediseñar su arquitectura institucional, no solo a adoptar tecnología. Toleran la iteración y el fracaso como componentes legítimos del aprendizaje. Y ejercen un rol de emprendimiento público activo, actuando como orquestadoras del ecosistema, no únicamente como reguladoras o compradoras. 

Los casos que no funcionaron son igualmente instructivos. El fracaso de Sidewalk Labs en Toronto demuestra que la disponibilidad técnica no basta: la confianza ciudadana y el diseño de gobernanza de datos pueden ser el factor limitante incluso en ciudades con talento y recursos sobrados. La retirada de Cruise en San Francisco demuestra que los bucles de retroalimentación pueden invertirse si el rendimiento en seguridad falla. Y el caso de Songdo, en Corea del Sur, demuestra que contar con infraestructura digital de partida no genera por sí solo ecosistemas de innovación si no existe densidad previa de conocimiento, práctica y comunidad profesional sobre la que apoyarse. 

El coste de la inacción no es lineal: es exponencial 

Aquí reside la advertencia más relevante del artículo para los responsables de política urbana en ciudades europeas de tamaño medio. Cada año sin proyectos activos no representa solo tiempo perdido. Representa aprendizaje no generado, talento no formado y ecosistema no construido. 

El funcionario que habría desarrollado criterio en el diseño de servicios mediados por IA, el técnico urbanista que habría ganado intuición sobre la integración de robótica e infraestructura, el ingeniero que habría aprendido a trabajar con datos de movilidad autónoma en condiciones locales reales: ninguna de esas capacidades se desarrolla en abstracto. Se desarrollan en proyectos. Y cuando no los hay, el talento no se forma o bien emigra hacia aquellos otros lugares donde los proyectos existen. 

La brecha entre ciudades líderes y ciudades rezagadas no crece de forma aritmética. Crece de forma compuesta, porque cada ciclo de despliegue, evaluación e iteración hace que el siguiente ciclo sea más barato, rápido y eficaz. Las ciudades que ya llevan varios ciclos recorridos acumulan datos operacionales, conocimiento regulatorio, memoria institucional y aceptación ciudadana que las recién llegadas no pueden comprar ni importar directamente. 

El marco europeo y la oportunidad para las ciudades intermedias 

Europa se encuentra, en términos generales, en una fase pre-decisional. El artículo cita a Barcelona como ejemplo ilustrativo: es una ciudad con reconocida capacidad urbanística, pero un piloto de autobús autónomo discontinuado y ningún servicio de movilidad autónoma en operación. La brecha respecto a las ciudades que son líderes, advierte Almirall en su artículo, no es únicamente tecnológica: es institucional y cultural. 

Sin embargo, esta misma coyuntura abre una oportunidad específica para aquellas ciudades intermedias europeas que sean capaces de actuar con coherencia estratégica. Desde luego, no se trata de competir en escala con Shenzhen o San Francisco. Se trata de construir, en el ámbito de lo local y lo regional, las condiciones para que el aprendizaje se acumule, el talento emerja y la institución evolucione a la par que la tecnología. Las ciudades intermedias que aspiren a convertirse en laboratorios urbanos de referencia tienen ante sí una ventana de oportunidad que el paso del tiempo irá cerrando. 

Los límites que no podemos ignorar 

Una reflexión honesta sobre este panorama exige también nombrar los riesgos, como bien hace el artículo de Almirall. La automatización desplaza empleo, y cualquier estrategia de transformación que no incluya transiciones negociadas con los afectados está incompleta. Los ciclos electorales cortos son incompatibles con los horizontes de maduración de estos ecosistemas, lo que convierte la continuidad institucional en un activo estratégico de primer orden. La integración masiva de datos genera vulnerabilidades de ciberseguridad y riesgos de vigilancia que ninguna ciudad ha resuelto todavía a escala. Y una administración que se digitaliza sin preservar canales físicos puede profundizar, en lugar de reducir, las brechas de acceso para los colectivos más vulnerables. 

La transformación digital de las ciudades no es un proceso meramente técnico con implicaciones sociales secundarias. Es un proceso político y social que requiere tecnología para materializarse. 

Orquestando la inteligencia territorial: De los datos a la acción agéntica 

Nuestra labor en MB3 se sitúa precisamente en el primero de los vectores que señala Almirall: IA agéntica aplicada a la gobernanza. No entendemos la inteligencia artificial como una herramienta de consulta aislada, sino como una Factoría de Agentes capaces de dotar de «sentidos» y capacidad de ejecución al territorio. Estos agentes no solo procesan información; «escuchan» los flujos de datos en tiempo real y comprenden el contexto específico de cada ciudad o destino turístico. Al desplegar un ecosistema de agentes especializados en tareas críticas – desde la detección proactiva de necesidades hasta el asesoramiento predictivo para la toma de decisiones técnicas -, permitimos que la administración deje de ser una mera custodia de datos para convertirse en una entidad con capacidad de respuesta inmediata y experta. 

Activando el bucle de aprendizaje institucional 

Esta arquitectura de agentes no sólo completa el valor de la gestión y el conocimiento. También permite activar, de manera tangible, la Hibridación Recursiva Acumulativa. Cuando un agente de nuestra factoría recopila datos de movilidad, no solo genera un informe; está alimentando el bucle de aprendizaje que mejora la infraestructura de robótica urbana o refina los permisos de uso del suelo. Al integrar estos sistemas, ayudamos a las ciudades a mitigar el «coste de la inacción»: cada tarea gestionada, analizada o predicha por nuestros agentes genera ese conocimiento operacional y memoria institucional que el artículo identifica como el factor diferencial de las ciudades líderes. No vendemos tecnología estática; construimos el tejido conectivo que permite a los gestores públicos y a los ciudadanos interactuar con un territorio que, por fin, entiende sus propias necesidades y actúa en consecuencia. 

 

La pregunta estratégica de esta década 

El artículo de Almirall deja planteada, en sus páginas finales, la pregunta que consideramos central para cualquier responsable de política urbana o de planificación territorial en este momento: ¿queremos ser una ciudad que prueba, aprende y construye su propio futuro? ¿O una ciudad que observa desde la barrera y adopta, en condiciones ajenas, los modelos que otros han diseñado para sus propios contextos? 

Desde MB3, trabajamos precisamente en ese espacio: en ayudar a ciudades, territorios y destinos turísticos a construir las condiciones institucionales, estratégicas y técnicas que hacen posible una transformación digital con raíces propias. Porque los mejores modelos no se importan: se construyen, se prueban y se mejoran desde dentro. 

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